miércoles, 23 de diciembre de 2015

Recibiendo lecciones.

Son las nueve de la noche y estoy con mi padre en la habitación del hospital. Al otro lado del cristal de la ventana están las luces de la ciudad, el mundo que sigue su ritmo. Aquí todo va despacio, bajo el efecto de los fármacos, con el sonido sigiloso de los pasos de las enfermeras. Le estoy quitando las espinas a un lenguado para que se anime a comerlo. Recuerdo como se lo hacía también a mis hijas ,de pequeñas. Siempre se me dio bien desespinar el pescado, sacar esos filetitos e ir retirando las raspas hacia un lado. La habitación está silenciosa. Hablamos , mientras él come , de cosas antiguas. De su hermano que murió al acabar la mili. Sus palabras me van llevando al Madrid de los años cincuenta, a la penuria de su casa en Sainz de Baranda, a las dificultades de encontrar penicilina para un muchacho alto como un roble que volvió con el corazón enfermo , que no quiso ir al hospital militar, quizá para morirse en casa, quizá para estar cerca de su madre. Se va comiendo el pescado, como yo quería, mientras desgrana recuerdos de hace sesenta años. Antes de que yo naciera. Ese tío Felipe, su hermano, que era alegre como unas castañuelas, que se atrevió a disfrazarse de mujer en unos carnavales, que nadaba en las piscinas del río Manzanares, donde debió coger el reuma al corazón. Y los dos platos de judías que se comía él al llegar del trabajo, y como luego, a modo de postre , compraba unas almendras en la calle Ibiza. Ha estado malo. Me temí casi lo peor, pero se está recuperando. Este hombre que me enseñó a ser padre y ahora me está enseñando a ser viejo. A llevar su pijama de enfermo con dignidad y pulcritud. A afeitarse por las mañanas y peinarse y echarse agua de colonia. Para que no digan. Ya es noche cerrada. Le dejo metido en la cama, con los auriculares de la radio puestos en los oídos. Le tapo, le arreglo el embozo y le doy un beso de buenas noches. Entonces él me da las gracias,” por todo lo que estáis haciendo tú y tus hermanos”. Él , que no ha hecho otra cosa que trabajar para sus hijos… Él , que me dejaba su taxi para que me fuera a buscar a mi novia. Que me daba cien pesetas para que no fuera por ahí sin dinero. El padre, que fue siempre, el más firme asidero en quien uno depositaba su confianza es el que ahora se deja tapar, se deja limpiar su plato de pescado. Y sigue, sigue dando lecciones a sus hijos.

6 comentarios:

Carlos San José dijo...

Felipe, acabamos de pasar por una situacion parecida y no he sido capaz, aunque lo he intentado, de expresar lo que he sentido. Tu si lo has hecho, y muy bien. Enhorabuena.

No he sido capaz de leerlo de un tiron.

Helen dijo...

Definitivamente, son de otra pasta. Como bien dices, no dejan de darnos lecciones nunca. Me alegra que se recupere. Cuídale mucho.

Felipe dijo...

Gracias, Carlos, Helena....Disfrutemos cada día que pasamos con nuestros queridos viejos,cada hora.

María Raposo dijo...

Muy bonito Felipe. Me ha emocionado. Creo que además de buen profe también eres buen alumno.

Francisco Javier Gutierrez Fernandez dijo...

Nunca te acostarás sin recibir una lección mas, solo se trata intentar aprenderla,para algún día llevarla a la práctica.

Francisco Javier Gutierrez Fernandez dijo...

Nunca te acostarás sin recibir una lección mas, solo se trata intentar aprenderla,para algún día llevarla a la práctica.