sábado, 15 de octubre de 2016

ATENCIÓN,QUERIDO CONDUCTOR

Paseaba esta tarde tan ricamente en bicicleta cuando detrás de mí oí el motor de un coche que, al parecer no podía adelantarme por tratarse de una calle algo estrecha. Fueron unos doscientos metros. Detrás de mí oí una voz femenina, de bonito timbre que me dijo:
-¡Gilipollas!
No pude verle el rostro-y lo sentí- pues rápidamente se refugió en su garaje. Pasado el primer momento de cólera, y dado que pedalear es un ejercicio que, practicado con moderación, invita a la reflexión, imaginé que aquella voz, sin duda debía pertenecer a una joven muchacha que fuera de su automóvil, caminando por la calle sería incapaz de decirle a un tipo de más de noventa kilos tal improperio. ¿Qué nos pasa entonces cuando vamos al volante de nuestro coche que hace que nos transformemos de ese modo?¿Qué ocurre para que un apocado testigo de Jehová, una muchacha auxiliar de farmacia o un jubilado que colabora en una ONG se conviertan en siniestros personajes de una película de Tarantino?
Yo mismo, confieso que un día que recordar no quiero, y al ver mancillado mi orgullo de veterano conductor por un jovenzuelo a los mandos de un puto seat Málaga del 73 salpicado de barro, sentí deseos de empuñar una llave inglesa y estrellarla contra su parabrisas en unos interminables quince segundos…¡Dios mío!,¿Por qué me has abandonado?
Y como al diluirse los efectos de la adrenalina sentimos un inmenso bochorno que tratamos de justificar con el estrés y los efectos de la crisis económica.
¿Qué tiene de diabólico este artefacto de cuatro ruedas para en un instante pueda acabar con todos nuestros principios pacifistas, echar por tierra nuestra filantropía y agotar todas nuestras reservas de empatía?
Pedaleando y mirando de reojo a los automóviles que me adelantaban, seguí pensando que quizá lo que ocurre es que dentro de ese habitáculo cerrado herméticamente nos sentimos aislados, a salvo de cualquier mal, en una burbuja que nos permite insultar y sacar fuera ese iracundo vengador, tipo Charles Bronson que todos llevamos dentro.
Es verdad que tiene sus ventajas cuando conducimos, con las ventanilla bajadas, y podemos cantar a voz en cuello los grandes éxitos de Camilo Sesto, o desahogarnos diciéndole las cuatro cosas que no nos atrevimos a contestar a nuestro jefe, el imbécil este que quién se creerá que es…
Pero debemos tener cuidado cuando sintiendo la potencia de nuestros ciento y pico caballos del motor turbodiésel entramos en una rotonda dispuestos a disputarle la pole position a una cajera del Ahorramás. Debemos tener mucho cuidado porque es muy posible que efectivamente nos estemos convirtiendo en unos gilipollas.

2 comentarios:

Jose Carlos Hita dijo...

Felipe, me ha encantado. Un abrazo. Cuando me llega al correo me acuerdo y los leo, pero se me acumulan.

Felipe Gutierrez dijo...

Un abrazo,Carlos